El día que llovieron gatos…

Bueno esta es época de inundaciones, tornados, maremotos y tsunamis (males que llegaron con la modernidad), pues cuando era pequeño uno solo escuchaba noticias que tembló y lo mas emocionante que pasa era que se fuera la luz en medio de la alocución de Turbay, el dia de hoy fue muy particular: llovieron gatos. Sí, así como lo oye. Al principio no lo creía. Pero empezó a hacerse evidente cuando en mi oficina escuche un par de maullidos. Pensé que sería mi vieja silla algo oxidada  que clamaba por aceite. Me agaché y la revisé. Nada, no se escuchaba un solo sonido. Me volví a sentar y de nuevo un maullido. Nuevamente revisé debajo, esta vez escudriñando los rodachines . De nuevo el silencio se hizo uno solo. Bueno, pensé será cosa de mi imaginación. Me volví a sentar como la primera vez y aquel sonido animal se hizo más fuerte. Desesperado me paré y salí a ver al pasillo, si era Alvarado el que me gastaba una broma. Me asomé a su cubículo y hablaba entretenidamente por teléfono. -Güevón no escucha un gato. Ni atención me puso y siguió hablando por su celular. Me devolví al escritorio y el sonido se hizo más claro. -Mierda no puedo estar escuchando voces o ruidos así. Me fui acercando despacito a donde yo escuchaba el maullido, despacito,  despacito y cada vez que me acercaba el sonido iba desapareciendo, se volvía casi imperceptible. Cuando estuve justo al frente de un viejo escritorio, donde casi nadie se sentaba, el sonido desapareció.

Me agache y miré debajo, (estaba tan oscuro), me apoye en mis rodillas e intenté meter una mano debajo, era muy incomodo buscar algo allí debajo, pero al  agacharme más, estirando uno de mis brazos, mi mano roso algo extraño para aquel sitio, se sentía suave al tacto, muy pequeño, algo frio, pero no lo alcanzaba del todo. Me incline aún mas y lo alcancé, por fin estaba en mis manos. Aquel maullido desesperante por fin desaparecería. Lo apreté firmemente y hale hacia mí. Cerré lo ojos y me levante rápidamente. Al abrir los ojos pude comprobar con total certeza que lo que tenía en mis manos, era un viejo trapo lleno de polvo, que en las décadas de olvido de su mísera existencia, había adquirido la facultad de maullar. Rabioso lo lancé al suelo y me dirigí más flemático a mi escritorio.

Una vez instalado aquel sonido se repitió: “miau miau miau”. No puede ser,  quien será el idiota de la bromita. Grite: – Alvarado ya! Hermano no se haga el pendejo y deje de joder. Algo mencione más, a lo cual mi interlocutor me grito desde su escritorio que mi madre también. Pero aquel miau seguía sonando. Me dirigí de nuevo al viejo escritorio y el sonido ceso. Me agache por enésima vez, volví a meter mi mano debajo tanteando en aquella oscuridad. Pero esta vez con más fuerza y esforzando cada vez más mi espalda. Mis dedos sintieron algo peludo, pero no sabía que era, intentaba halar hacia mí, pero en ese instante sentí un intenso dolor muy punzante, saque mi mano y tenia un arañazo en la misma. Esta  vez mas furioso metí la mano y apreté fuertemente, escuche un solo “miauuuuu” ahogado. Gato mandingo por fin te tengo!

No cerré los ojos lo tenía allí, justo en mis manos. No se movía. Se quedo quieto. Oh Dios maté a un gato. Pensé instantáneamente.  Lo maté. Y ahora que voy a hacer.  Me acerque lentamente al escritorio de Alvarado. –Marica si ve, le dije. Había un gato y lo tengo aquí.  Se lo mostré con algo de temor porque sabía que aquel ser no tenía la culpa. – Tan bobo, si eso no es nuevo el día de hoy. Abrió con uno de sus pies, la cajonera de su escritorio y de inmediato salieron pequeños gatos azules de Birmania, siameses, angoras, persas y de razas extrañas cuyos nombres desconocía. Quede estupefacto. No sabía que decir. Mientras eso sucedía aquel gatito abrió sus ojos y creí reconocer los tuyos.

El silencio fue largo,  y  solo fue roto por  la Sra. Blanca (de contabilidad), quien entró agitando un paraguas viejo,  que siempre la acompañaba y de inmediato  cayó una lluvia de bengaliés, himalayos, burmayos, criollos y otras razas cuyos nombre nuevamente volvía a desconocer. –Qué manera de llover gatos. ¿Cuándo pararan? Lleva una semana lloviendo gatos todos los días, dijo.

Solo en ese momento recordé que era viernes, hacia una semana que habías viajado a la tierra de las iguanas y prometiste antes de partir que me dejarías compañía.

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